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Del departamento de la calle Bertrés, amaba cómo se hacía de noche. Allá en febrero es época de tormentas, de nubarrones violetas, anocheciendo en naranja y mutando, en movimiento constante de viento.
Las luces en casa generalmente estaban apagadas, la iluminación era de la luna, de los edificios bajos que ayudaban, de los murciélagos sobre los que se reflejaban en rojo todos los brillos. Así el cielo era el lugar más íntimo de la tierra; hubiese disfrutado estar en la luna, y descubrir que desde ahí también la intimidad se basaría en lo inmenso de las cosas. Todos buscamos el detalle, la pintita de la puerta, el lunar de su mejilla, pero hay una enormidad que espera a ser admirada, espera para envolver en una nada a quien se atreva a entregarse a ella.
Agradecida y evangelizada por el tamaño panorámico de las ventanas. En aquel momento
qué me quedaba sino? Seguir acumulándome en cajas de cemento apiladas sonaba terrible. Edificios, terrible.
Ponía música, me acostaba en la cama, y me perdía en las estrellas. No siempre, pero generalmente buscaba una reflexión, o más difícil, una conclusión. También más tarde acepté que esas sólo vienen cuando no se las llama, como un estornudo.
Tenía 23 años y mi vida se reducía a trabajar, a producir para un sistema extravagante en el cual ni siquiera creía. Esperar ansiosa el sueldo a principio de mes, sostener la ilusión de seguridad con unos pesos en el banco. Y dormir. Y esperar. Me dedicaba a esperar. Pensaba en el futuro como algo insignificante pero magnífico, o como un golpe en la cabeza o un foquito que de repente se prende.
La vida nocturna descansaba, en el amor también me dedicaba a esperar. Sin hacerme cargo sabía que las relaciones son como un sachet de leche: se ve muy bien en el mostrador del almacén, en la heladera, cerrada, pero una vez que se abre dura muy poco, se pudre, fermenta, empobrece. Quizás la forma más tranparente de vivir las relaciones fuera terminando rápidamente el envase, evitando que caduque, y desechar. Limpiar el organismo y de nuevo, esperar.
Que sea la forma más transparente no significa que sea la más sana.
Si bien siempre fui una persona de hábitos, mi movimiento continuo era la flexibilidad. A veces me despertaba a las ocho, a veces a las siete, otras a las nueve. La vida es más fácil si uno es organizado, pero aunque la simpleza en el caos se añora, es provocado por nosotros mismos.
Mirar para adentro genera caos. Mirar buscando genera caos.
Y mirar fijo el sol genera un estornudo. Iba perdiendo la capacidad de sorpresa.
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